Junín-Chacabuco-Mercedes
24 al 26 de marzo de 2006
Narración de Fernando Castellanos

"El viento y la arena, zucundúm"

He aquí yo de vuelta al ruedo, aprovechando la ocasión para despuntar el vicio de andar en bici y escribir algo para los amigos como es ya una pequeña costumbre de los que integramos el 42x11, siendo en esta oportunidad lo que les acerco, el relato de la salida realizada por parte del grupo en los pagos de Junín, Chacabuco y Mercedes.

Para comenzar debo señalar que fue una salida no difundida por los cauces habituales del foro lo que resultó en un número reducido de participantes, los cuales decidimos juntarnos el viernes 24 de marzo en la Estación Retiro del Ferrocarril San Martín para abordar el tren con destino Junín de las 18:15 horas. Allí nos encontramos Juan, el que había combinado y arreglado todo sin dejar cabo suelto, Marcelo, que nos guiaría por aquellos rumbos, Jorge, que confirmó en último lugar y desconvino los arreglos de Juan, y yo, como siempre el habitual peludo de regalo.

Con las dudas del caso por el tema transporte de bicicletas nos juntamos casi un par de horas antes de la salida pues teníamos información de que debíamos despacharlas una hora antes de la partida. Aquí la indignación del grupo era manifiesta porque nos cobraban 9$ el boleto y 18$ para llevar cada bici a lo que algunos se oponían rotundamente y pergeñaban toda clase de ardides para evitar este abuso. Al final sucumbieron todas las esperanzas de zafar y pagamos religiosamente el importe por cada bici. Lo gracioso es que por nuestra preciada carga de 4 bicicletas tuvieron que traer un furgón vacío y adosarlo a la formación, lo que hizo retrasar media hora la partida del tren y creo yo exasperar a más de un pasajero que no entendía el retraso...

Ya en pleno viaje transcurrió el tiempo entre sándwiches, gaseosas y cervezas a la vez que alguno se entretenía con un aparatito llamado GPS para medir la velocidad del tren y vaticinar las próximas estaciones que tocaríamos.

Para alrededor de las 23 horas y luego de un divertido momento estábamos arribando a Junín, fuimos por nuestras bicis, calzamos las alforjas aquellos que las llevamos, y emprendimos una breve recorrida por el centro de la ciudad hasta llegar al hospedaje en el que Juan había hecho las reservas. Era la Posada del Mendocino... un restaurante con habitaciones que queda al otro extremo de la ciudad en la Av. Circunvalación. Nos habían reservado un cuarto con cinco camas, un baño, un patio para las bicis y un gato. (Ojo, ¡no confundir! Era la mascota del lugar...).

 

Sábado 25 de marzo

A las 8 de la mañana nos levantamos y preparamos para salir, cargamos nuestras bicis y fuimos a desayunar; tardamos algo más de la cuenta por cuestiones técnicas de la cafetera express pero al fin partimos rumbo a la plaza e iglesia principal para fotografiarla de día, luego a la estación de tren y otras instalaciones. Allí yo me aparto del grupo para aprovisionarme de líquido y sólido para el viaje en una estación de servicio y espero al resto, al instante llega Marcelo con la noticia de que había pinchado las dos ruedas... en algún lugar nos llenamos de espinas sin darnos cuenta. Salvado el momento ahora sí salimos rumbo a nuestro primer destino pedaleando, la Laguna de Gómez. Llegamos a este espejo de agua salobre donde hay un muy lindo espigón en el que los aficionados al pejerrey disfrutan cómodamente de la pesca. Luego de un breve recorrido por su costanera que está muy bien cuidada desandamos la ruta para enfilar hacia el pueblo de Baigorrita. Aquí comenzó lo exigente de la jornada, teníamos la alternativa de transitar por asfalto y en línea casi recta pero con tráfico hasta Baigorrita o transitar un camino solitario de tierra de unos 15 Km. que formaba una especie de triangulo con el anterior. Decidimos optar por la tranquilidad del segundo y fuimos por la tierra... al poco de andar comenzamos a sufrir esa rara sensación que se tiene al rodar en bici por las playas y centros turísticos costeros con calles sin pavimentar típicas de un paseo veraniego, pero aquello distaba mucho de un paseo veraniego. Era la famosa arena de los caminos (guadaloso para mi entender), aquella misma que castigó a nuestros compañeros en alguna recordada salida Lobos-Beguerie.

Evidentemente hubo un adicional esfuerzo en esta jornada que más tarde pagaríamos pues además de las cargas propias de nuestras alforjas se sumaba lo pesado del camino. Pero así y todo los espíritus estaban intactos (por ahora...). Llegamos a Baigorrita al mediodía, almorzamos en el único hotel–bar-pulpería-almacén del paraje donde nos atendieron cordialmente no sin sorprenderse por nuestras fachas y andanzas. Hicimos un pequeño recorrido por su estación, cine, etc. Luego el próximo destino sería Morse, un pueblo autodenominado “cuna de cosecheros”. Ingresamos por su entrada principal que conecta al pueblo con la ruta 46 y allí sobrepasamos a una familia lugareña que paseaba en bici y cuyos chicos más tarde además de corrernos carrera oficiarían de aprendices de guías turísticos. Recorrimos el pueblo y nos despedimos de nuestros guías. Salimos rumbo a Irala, con el camino igual de pesado, en horario estábamos bien pero buscábamos las alternativas de evitar la arena, otro tema era la gran cantidad de camiones cerealeros que transitan esos campos llevando su carga hacia las rutas principales o los silos que en cada pueblo funcionan sin descanso.

Siguió nuestro derrotero por Irala, cruzamos el Río Salado, Est. Gregorio Villafañe y Est. Coliqueo como puntos de referencia pues en muchos casos son simples edificios derrumbados o tomados como vivienda.

Ya en el atardecer nos encontrábamos a pocos kilómetros de Chacabuco donde nos aguardaba una gratificante ducha de agua caliente para quitarnos esa extraña capa protectora, mezcla de tierra, sudor y esfuerzo... telúrico regalo de los caminos. Pero no terminaríamos tan fácilmente la jornada pues Jorge, que se venía retrasando por su asumida inactividad en los últimos meses, da señas a lo lejos de que había pinchado. Ya en las puertas de Chacabuco cambiamos la cámara con la luz del crepúsculo y el punzante aguijoneo de los insistentes mosquitos.

Entramos triunfales a Chacabuco bajo la atónita mirada de los lugareños. Contentos de haber cumplido nuestra primera etapa, ubicamos el hotel y rápidamente ocupamos nuestras habitaciones. Luego de una merecida ducha salimos a caminar buscando dónde cenar; tratando de congeniar las diferentes opciones, ganó la de un restaurante de tenedor libre muy recomendable al cual Marcelo lo habilitó como taller provisorio pues mientras esperábamos la cena el señor reparaba su cámara pinchada. Cenamos opíparamente y nos retiramos hacia nuestras habitaciones. Hasta aquí algunos ya dudaban de su propia continuidad en la travesía (me incluyo) pues habían sido 115 km. y casi todo sobre arena.

 

Domingo 26 de marzo

El día amaneció frío y bastante nublado en comparación con el espléndido día anterior. En la ciudad había una suave brisa este-noreste que llevada al campo se convertía en fuerte viento. Nos levantamos temprano, desayunamos en el hotel y preparamos nuestras bicis. La decisión de continuar o no por parte de algunos flotaba en el aire que se notaba tenso por la idea de no querer ser desleales a la salida tan bien planeada pero a la que algunos habíamos subestimado. Mi situación daba que si mi ritmo sería igual al del día anterior quizás no llegaría en horario a Mercedes para el tren de las 18 horas y calculaba que el esfuerzo se incrementaría con el paso del tiempo, el viento en contra y una incipiente diarrea que me estaba acosando. Jorge decidido expuso su condición y optó por tratar de volver en micro desde Chacabuco. Juan tenía ganas de seguirlo pues no le agradaba la idea de sufrir pedaleando pero a su vez no quería dejar a Marcelo solo. Marcelo seguiría el plan trazado confiando en que llegaría a horario... La vuelta hasta aquel momento había salido bien, así que ante la inminente partida de Marcelo hice de tripas conflictivas corazón y me preparé para salir con él hacia Mercedes. Juan también hizo lo mismo así que en la estación de Chacabuco luego de unas fotos nos despedimos de Jorge y apuramos la partida ya que el tiempo empezaba a correr. Compramos agua y algunos dulces para el trayecto y salimos a la ruta 7 por un corto trayecto para luego seguir la dirección del ferrocarril San Martín. La primera parada fue Cucha Cucha, hubo fotos y Marcelo cambió cámara por enésima vez. El fresco viento sería ahora la dificultad a vencer, los caminos habían mejorado pues ya no había arena. Los campos todos sembrados, muchos camiones en los caminos y tres locos buscando huellas que nos acercaran a las vías, hubo algunos retrasos por caminos cerrados al tránsito pero de a poco fuimos encontrando el rumbo. Una vez paralelos a las vías era cuestión de pedalear y cada tanto reagruparnos. Después de pasar por San Patricio el viento estaba mellándonos haciendo muy duro el pedalear, Juan y yo habíamos tomado distancia con respecto a Marcelo así que estábamos esperando cuando vemos venir una camioneta con una carga particular en su caja, era Marcelo que pidió ser llevado así que también subimos a la chata que nos llevó hasta Rawson, ello nos ayudó a recuperar el tiempo de retraso, poder llegar para comprar el almuerzo y salir más holgados de tiempo. El ánimo había cambiado radicalmente, inclusive especulamos con la llegada anticipada a Mercedes siempre en cuando encontráramos otra chata benefactora en nuestro camino. Almorzamos en la plaza de Rawson y alrededor de las 14 horas partimos hacia Castilla. Tuvimos asfalto hasta la ruta 51, saludamos a un solitario ciclista rutero que se dirigía a Chivilcoy y de nuevo por el camino paralelo a las vías seguimos el viaje por la tierra. El viento no nos dejaba pero a pesar de todo estábamos haciendo un muy buen ritmo, entre 20 y 24 km/h. En Castilla descansamos unos momentos mientras Marcelo tomaba fotos.

Las siguientes estaciones fueron Rivas y Franklin. Antes de llegar a San Jacinto vimos desde lejos su antena y propusimos descansar allí, creo que el saber que ya casi estábamos cumpliendo el recorrido nos hizo imprimir más ritmo a la pedaleada. Pasamos el paraje y luego de algunas curvas cruzamos el Río Lujan lo que indicaba que ya estábamos llegando a destino y antes de lo previsto. Llegamos a la estación de Mercedes una hora antes de la salida del tren. Mientras tanto fuimos por unas gaseosas para recuperarnos y esperar la partida. Total de las dos jornadas: 225 Km.

 

Así finalizó una salida más del 42x11, algo abrumadora pero linda salida. Reconozco cierta adrenalina que se genera en aquellos campos cuando las distancias se hacen interminables y las condiciones se nos ponen adversas pero al final el placer de saber que se cumplió el recorrido planeado gratifica el recuerdo de esos momentos.

Gracias a los chicos que participamos de una vuelta más por los caminos en busca de las estaciones perdidas. Seguramente nuevas aventuras se estarán elaborando para este año, mientras tanto habrá que estar preparado para cuando llegue el momento...

Hasta la próxima.

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